Actualizar el disco duro mecánico tradicional por una unidad de estado sólido (SSD) sigue siendo la mejora más rentable para revivir o repotenciar cualquier equipo de cómputo.
Sin embargo, al momento de elegir es vital entender la diferencia entre las unidades SATA de 2.5″ (con velocidades de hasta 550 MB/s) y las unidades M.2 NVMe, que aprovechan las líneas PCIe del procesador para alcanzar velocidades superiores a los 3500 MB/s o 7000 MB/s en versiones Gen4.
Para tareas operativas de oficina, un SSD SATA ofrece una fluidez excelente, pero si trabajas con edición de video, bases de datos o renderizado, dar el salto a M.2 NVMe reducirá drásticamente los tiempos de carga y respuesta de tu sistema.
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